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| Imagen de Gerda Taro |
Mis primeros recuerdos de esta humilde legumbre se remontan a los cinco años. Conservo nítida la imagen de Isidora, la mujer que venía a ayudar a mi madre, sentada en la mesa de la cocina limpiándolas, en una operación que a mí me parecía fascinante por la rapidez y eficacia con que lo hacía. Su mano separaba las buenas, que caían en un colador, del resto, que iban formando un montoncito aparte. Más de una vez solicité participar en dicha tarea, pero la respuesta siempre fue la misma: “no, que si se escapa alguna piedrecilla, al comerlas se puede romper un diente”. Yo creía que la pieza dental saldría entera, con sus raíces, como veía en los cuentos y tebeos, así que engullía las lentejas con la esperanza de que alguna china inadvertida por la atenta mirada de Isidora, provocara la prematura visita del ratón Pérez y de su regalo. Nunca sucedió tal hecho. Eso, unido a las nulas artes culinarias de la cocinera del colegio, que las preparaba con frecuencia, me hicieron coger antipatía a las pardas leguminosas.









