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La mujer del palo

Foto: Pensiero (Foter)
Por Esperanza Goiri

Unas semanas atrás en la sobremesa de una reunión familiar, un primo de mi marido consiguió captar la atención de todos los presentes contándonos un suceso que le tiene intrigado desde hace tiempo.

En nuestras vidas existen determinadas rutinas que, consciente o inconscientemente, repetimos a diario. Una de ellas es el trayecto que recorremos para ir al puesto de trabajo. Lo habitual es elegir un medio específico de transporte, hacerlo en un horario concreto y por la misma ruta. En su caso, él se desplaza a pie desde su domicilio a su empresa en un paseo de unos cuantos kilómetros. A fuerza de repetirlo, suele coincidir en el itinerario con personas a quienes, pese a no conocer de nada, ya identifica, al cruzarse con ellas cotidianamente en un determinado punto del recorrido y más o menos a la misma hora. De entre toda esa gente, hay una transeúnte que le tiene muerto de curiosidad. Se trata de una mujer de mediana edad y aspecto corriente que siempre porta en su mano un palo. No se trata de ningún bastón u objeto similar que sirva de ayuda para caminar. Es un palo de madera, largo y astillado, como si lo hubiera arrancado del marco de una puerta o de un cuadro de grandes dimensiones. No lo apoya en el suelo, se limita a sujetarlo entre sus dedos. La venía observando, preguntándose a dónde iría (por la hora temprana de la mañana, presumiblemente a su trabajo), para qué le serviría el palo (a priori, inútil e incómodo de llevar por su tamaño y textura con aristas y astillas), y contemplaba perplejo el vigoroso y decidido paso femenino. Así han venido coincidiendo a lo largo del tiempo. Ella a lo suyo y él atento e inquieto ante su presencia.