Por Juana Celestino
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Talía, Musa de la Comedia, Jean-Marc Nattier (1739)
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Elías es un vejete encantador. Da igual dónde y cómo le he conocido, pero sí puedo decir que me sedujo desde el primer instante, con ese aire a lo Tolstói por la poblada barba rizada y su corpulencia (le quedaría de cine vestir casaca de mujik y botas rústicas) y cierto toque Robert de Niro cuando la sonrisa se le sube a los ojos. Su rostro no tiene edad, o quizás sería más correcto decir que todas las edades habitan en él. Sus ochenta y tres años los revelan indiscretamente unas manos nervudas y amarillentas y las profundas arrugas que surcan su cara alargada. Si nos ceñimos a los hechos, su vida no ha sido nada fácil: trabajo en el campo con el padre desde los ocho años; muerte prematura de un hijo; el abandono de su mujer cuando nació el tercero, y la lucha por sacarlos adelante él solo, pues no volvió a casarse.









