Por Esperanza Goiri
Un hombre de unos 70 años, alto y delgado, vestido con una gabardina beige que ha conocido tiempos mejores, moteada por algún que otro lamparón, se dirige con paso lento e inseguro por una calle de Madrid. Su pelo blanco y abundante, algo descuidado, va cubierto por un sombrero Fedora de color marrón con el ala un poco vencida. Cada cierto tiempo se para y mira a su alrededor, en todas direcciones. Tras las verificaciones, continua su camino. Toda su imagen destila un aire decadente no exento de dignidad.
Lleva en su mano derecha una bolsa de plástico verde por la que asoman una barra de pan y un cartón de leche, en la otra sostiene un sobre blanco al que se aferra con fuerza. Una leve sonrisa de alivio aparece en su rostro cuando identifica en la esquina de la calle el buzón de correos con su inconfundible color amarillo. Se apresura e introduce la carta con determinación, luego dedica una caricia breve, casi imperceptible, a la ranura que se ha tragado la misiva. Todo su cuerpo se relaja e inicia el camino de regreso más erguido y seguro.









